Los Rarámuris

Corredores de pie, tradición que cruza fronteras.

En la sierra que lleva su nombre habitan los tarahumaras, o rarámuris “los hombres de los pies alados”, como ellos se llaman a sí mismos. Esta prodigiosa sierra produce en el visitante una impresión que difícilmente puede olvidar: enormes montañas, riscos escarpados, desfiladeros o cañadas profundas que se extienden hasta el infinito. Lo más asombroso, sin embargo, es que desde épocas milenarias sus antiguos moradores son y viven como antes, como siempre.

 

De estatura mediana, muy fuertes, son pura musculatura, de piel oscura, con el cabello negro, brillante y lacio, parecen forjados en hierro. Su porte es de dignidad y misterio; sus rostros, sobre todo los de las mujeres, son perfectamente ovalados, armónicos y parecen esculpidos en una avellana. Los tarahumaras son huidizos, poco comunicativos, sobre todo con los “chabochis” es decir, los blancos y los mestizos.

 

Los hombres visten una camisa amplia, suelta, con cuello y grandes mangas con puño, de manta blanca o de colores en seda brillante. Usan un taparrabo que cuelga por detrás, atado a la cintura con un ceñidor tejido en lana. En la frente llevan un lienzo amarrado de lado, con las puntas colgando, que se llama “kowera“. Las mujeres portan una blusa con batita, de la que sale un faldón plegado que les llega a la cintura, y mangas amplias con puño. Sus faldas son amponas, superpuestas, tres o cuatro, blancas o de colores, y las acinturan con un ceñidor de lana.

Durante las épocas de calor viven en pequeños grupos en los vallecitos de las altas montañas, de las que bajan en invierno, antes de que se cubran de nieve. Ya instalados en el sitio escogido, se dedican a elaborar sus ollas, sus cestas, reparan las casitas de adobe o de madera, los graneros y las palizadas para su ganado.

Los tarahumaras siembran maíz o frijol en las tierras que los circundan. Todo es de todos, su organización social es totalmente armónica. Nadie tiene más que los otros. Cada quién desempeña un trabajo y una responsabilidad.

Democráticamente eligen un “gobernador”, destacado por su inteligencia, de gran tradición tarahumara, buen orador y con autoridad moral. Al elegido le entregan el bastón de mando; él tiene unos ayudantes llamados “gobernadorcillos”, que atienden las diferentes regiones. Cuando éstos llegan a una comunidad, junto con los pobladores repasan lo que significa ser rarámuri, su mitología, sus ritos, la herbolaria, los cultivos. Estos personajes hacen de jueces, de médicos, de sacerdotes, de maestros.

 

Su lengua es dulce, pues ellos son gentiles. No tienen palabras ni actos agresivos. Todo lo hacen con poesía: “te saludo con la paloma que gorjea, te deseo salud y felicidad con los tuyos”. Desde niños conocen la ecología de su entorno, se hablan de tú con la naturaleza.

 

Realizan ritos ancestrales, a los que sólo muy pocos extraños han tenido acceso, como la bendición del peyote, presidida por sus autoridades y chamanes, en la noche, en medio del bosque. A la Semana Santa acuden “los pintos”, que son unos hombres casi desnudos, con el cuerpo decorado con círculos blancos. Entonces se oye en toda la sierra el misterioso sonido de los grandes tambores de estos hombres, que corriendo como venados acuden a la celebración.

En uno de los pueblos se reúne la comunidad tarahumara: autoridades, hombres, mujeres y niños, e incluso unos personajes con penachos y plumas. Ahí, como en otras celebraciones, hacen el “tónari”, que es un caldo de carne con especias serranas, el “tesgüino”, bebida fermentada de maíz, tamales, “chacales” o elotes tiernos guisados, y tortillas.

 

Dedican sus bailes al Sol, a la Luna y a las estrellas, dioses ancestrales que los vigilan. Acompañados por flauta, violín, guitarra y tambor, en sus coreografías hacen mandalas del firmamento. Una de las más bellas danzas es el “Yúmare”, bailada por mujeres y cantada en varios tonos.

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